No pierdas la paciencia

Génesis 16:11

“Además le dijo el ángel de Yahveh: He aquí que has concebido, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Ismael, porque Yahveh ha oído tu aflicción.”

La paciencia, parece no ser hoy una de las características más sobresalientes de nuestra sociedad. El mundo cada vez más se vuelca por la velocidad de obtener resultados rápidos. De allí, no es de extrañar, que muchas veces nos encontremos frustrados o la pasemos mal, si nuestra oración no es respondida, casi de inmediato por Dios.

Ante esta realidad, debemos tener presente que al negarnos a tener una actitud consciente de espera, estamos tomando la opción segura de que alejarnos del plan que el Señor tiene para nuestra vida en ese momento.

El pasaje de hoy cuenta cómo Abram y Sarai (más tarde Abraham y Sara) tomaron la resolución de su propio clamor en sus manos rechazando de cierta forma los tiempos del Señor.

Habían pasado diez años desde que Dios les prometió un hijo, y Sarai estaba envejeciendo. Así que ella y Abram decidieron dejar que su sierva Agar diera a luz un hijo para ellos. Sara finalmente dio a luz en su vejez, pero esa falta de paciencia llevó a una gran lucha por su familia y que tiene consecuencias incluso hasta el día de hoy. Mucha de la tensión en el Medio Oriente puede ser rastreada a dos grupos de personas: los descendientes de Agar y de Sarah.

¿Por qué una pareja piadosa elegiría el camino de la autosuficiencia? Primero, el intenso deseo de Sarai nubló su pensamiento. Quería desesperadamente proporcionarle a su marido un hijo, lo que era la base del valor de las mujeres en esa cultura.

Luego, sucumbió a un pensamiento erróneo. Después de años sin hijos y de anhelo, empezó a pensar que quizás el Señor necesitaba ayuda humana. Finalmente, influyó en Abram para que creyera en este razonamiento erróneo, y ambos cedieron a la impaciencia.

Las trampas en las que cayeron Abram y Sarai, representan hoy en día el mismo peligro de tiempos anteriores: sucumbir ante el deseo de la autosuficiencia, capacidad propia o pericia, y hasta a la influencia de otros. Podríamos justificar una opción por nuestra propia fuerza, víctimas de querer resultados inmediatos y ceder ante la impaciencia.

Por ello el mejor consejo es siempre estar atentos a escuchar, prestos a obedecer y con el corazón dispuesto a esperar.  El tiempo de Dios es perfecto, y lo último que podríamos desear, es perdernos lo mejor de Él.

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