Limpios de pecado

Salmos 51:2-3

“Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí.”

El reconocimiento de la propia fragilidad y necesidad de ayuda es uno de los pasos más difíciles que puede dar una persona; normalmente tenemos la tendencia a no aceptar el error y no tenemos la humildad de buscar ayuda. Esta actitud ha llevado a muchas personas a vivir en profunda soledad, incluso rodeados de familiares y amigos.

Cuando descansamos nuestras vidas en Dios, llegamos a experimentar su presencia tan fuerte a nuestro lado que nos sentimos seguros para confesar nuestros pecados (actos y palabras que desagradan a Dios y hieren su voluntad para con nosotros); así, tenemos la oportunidad de verter sobre su cuidado todo lo que nos duele y nos aprisiona dentro de nosotros mismos.

Aunque la gente que nos rodea y vive con nosotros no nos conoce en la intimidad, ¡nos conocemos bien! Y cuando abrimos nuestros corazones a Dios por medio de la fe, deseando que Él nos purifique, estamos compartiendo con Él lo más preciso de nuestra existencia, que es nuestro ser.

Sabemos lo que sentimos y pensamos en los momentos más intensos de nuestras crisis y necesitamos ayuda para limpiarnos.

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